Una pérdida de presión se traduce en una pérdida de energía que debe compensarse aportando más energía al sistema. Por tanto, resulta evidente que un diseño fluidodinámico optimizado, que permita alcanzar condiciones de presión adecuadas, también puede generar un ahorro energético, con todos los beneficios que ello conlleva.
Recordando lo que aprendimos en la universidad, sabemos que existen distintos tipos de presión: estática, dinámica y total. También hemos estudiado las leyes físicas que describen el comportamiento de los fluidos, que pueden ser compresibles o incompresibles. Sabemos, además, que un fluido que circula por un conducto disipa energía por fricción, lo que se conoce como pérdidas de carga distribuidas. Asimismo, los cambios en la geometría del conducto pueden provocar pérdidas de carga localizadas.
Si bien puede resultar relativamente sencillo comprender el significado de las distintas ecuaciones que describen el flujo de un fluido, integrarlas y aplicarlas resulta mucho más complicado cuando diseñamos un producto complejo cuyas pérdidas de presión debemos estimar.
Es en este punto donde entra en juego la dinámica de fluidos computacional (CFD), que se convierte en una herramienta fundamental para el desarrollo en manos del diseñador, ya que permite comprender las tendencias del diseño y seleccionar las soluciones con mayor potencial, descartando aquellas que no resultan adecuadas.